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DE RECETAS Y BUENAS PERSONAS

Me encantan las recetas. Eso quiere decir que tengo muchos momentos de disfrute, porque hoy en día las encuentro en todas partes: en las revistas del mal llamado quore, en los suplementos dominicales de los periódicos, las escucho en los magazines de radio, no hay canal de televisión que no tenga su cocinillas pergeñando algún guiso de dudosa resolución, y las librerías tienen su propia sección donde comprar libros de recetas de todo el mundo.

Durante mucho tiempo las he coleccionado gracias a las extenuantes colecciones de los periódicos o recortado a tijera de aquí y allí (incluso he guillotinado alguna de extranjis en la consulta del dentista o de mi peluquero). La verdad es que cocino muy de vez en cuando pero, cuando lo hago, disfruto mucho viendo cómo liga una salsa o cambia la textura de una cebolla caramelizada. En realidad me parece la magia más asequible. La mayoría de las veces se las llevo a mi madre, y ella, solícita, cocina una de las recetas para mí: en realidad se las llevo porque ella reinterpreta las recetas, cambia tiempos, ingredientes, proporciones, donde dice ocho cabezas de ajo ella dice qué barbaridad, y siempre rebaja las cantidades de azúcar y licores. Pero me encanta su versión de las recetas de los grandes popes. Hasta aquí mi declaración de amor por las recetas y la cocina, sobre todo la de Herminia, que es mi madre.

Pero no del todo, porque en mi trabajo los clientes también me piden recetas: aunque en la sesión inicial de encuadre que utilizo para abrir cualquier proceso de coaching o de trabajo personal insisto en que yo soy un acompañante, un catalizador, un incordiador cordial para que cada persona genere respuestas a sus quebrantos o retos, no hay una sola que no me solicite en un momento de nuestra relación profesional una receta para “lo suyo”.

Me resisto. Le recuerdo el compromiso inicial de que estaré a su servicio, que le acompañaré para que cambie el observador que es de su realidad y encuentre otro que le posibilite nuevas acciones, ya sabes no vemos las cosas como son sino como somos” que dijo el Talmud y bla, bla, bla….

Pero es igual. Cuando no somos capaces de cambiar pedimos que otro nos cambie, que nos ponga la inyección de SU solución a NUESTRO problema, sin saber, les digo muy serio, que si lo hago tendré un adicto (y no un cliente) o una víctima (si mi solución no les funciona, me culparán a mí).

Ante tanta insistencia, decidí cambiar yo también esa creencia de que las recetas no valen para las personas, y al igual que mi madre reinterpreta la tortilla de patata deconstruida haciendo una suerte de tarta por capas de patata, pimiento, cebolla y huevo, que te levanta la boina, entiendo que las recetas para los problemas o retos personales, siendo bien reinterpretadas, asumidas, introyectadas, podían ser un buen recurso para que el que no quiere pagar a tanto coach y terapeuta  como anda suelto, o simplemente para el que quiera mejorarse en soledad.

Porque al igual que las personas se compran libros de recetas para divertirse, sorprender a amigos y amantes, llenar la estantería o mejorar como cocineros, en Vengodedondevoy intentaremos en ocasiones hacer lo mismo, pero orientado a algo tan malsonante como ser buena persona.

Y digo malsonante. Porque hay una corriente industrial, emocional, cultural y social de lo malo. Hasta la moda. Sí, lo bueno y lo malo, qué discurso más rancio. El caso es que a mí no me aburren los buenos (como dicen todos los actores y actrices empeñados en rebozarse de dureza y sombra, qué pereza; es más, me encanta el cine de Frank Capra).

Es más, los echo de menos. Echo de menos lo que mi difunto padre, Salvador, y mi madre Herminia, me dijeron sobre cómo era esto de ser un buen tipo. Así pues, hablaré de vez  cuando en esta nueva sección de Vengodedondevoy llamada “Recetas Emocionales” de lo que para mí es ser buena persona, y que intento practicar con desiguales resultados.

De eso irán estas Recetas Emocionales. De recetas y buenas personas. Primero figurarán unos ingredientes, el tiempo de ejecución, los pasos para cocinar la receta, y una pizca de humor. Sencillo.

Las recetas serán complementarias a cualquier proceso terapéutico o de desarrollo personal en los que el lector esté implicado. Y aunque no seas cliente de la industria del espíritu, te vendrá bien para mejorarte y ganar en coherencia personal, algo tan escaso hoy en día.

¡A la cocina!

Fdo. Patxi Rocha del Cura

Twitter: @innrocha

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SIENTO, LUEGO EXISTO

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en el 45 congreso de CADAM (Cámara Argentina de Distribuidores y Autoservicios Mayoristas), en la ciudad de Pilar, cerca de Buenos Aires. El motivo principal del evento era “La gestión de las emociones”. En mi intervención recordaba que en todas las librerías del mundo existe hoy en día una sección rotulada como Autoayuda: en ella, cientos de libros, con más o menos fortuna, nos sugieren cómo relacionarnos en el trabajo, cómo comunicarnos mejor, cómo solucionar conflictos, cómo gestionar el estrés…. Todos ellos comparten un mínimo común denominador: el manejo solvente de nuestras emociones.

Las emociones han adquirido un nuevo papel cultural: parafraseando a José Luis Zaccagnini, ya no pensamos como en la Grecia clásica que “las pasiones” como el amor o el odio son puestas en nuestra alma por los dioses del Olimpo, tal y como  decía Homero en “La Ilíada” al preguntarse qué dios había puesto la cólera en el alma de Aquiles. Tampoco creemos ya como en la tradición judeo-cristiana que las emociones, aun viniendo de nuestro  interior, tengan un sentido pecaminoso, y hayan de ser reprimidas para evitar sus efectos negativos. Ni siquiera nos adscribimos al modelo cartesiano de la Ilustración  que organizaba la vida social desde la razón, y en el que las emociones eran el polo opuesto, algo a evitar, lo “irracional”.

Hoy ya no pensamos como Descartes, “pienso, luego existo” sino más bien, “siento, luego existo”: y es que creemos que las emociones adecuadamente interpretadas y gestionadas,  pueden ser una guía efectiva para orientar nuestras decisiones y nuestro comportamiento. Todas las emociones son necesarias: no comparto esa distinción entre emociones buenas y emociones malas. “¿Y la rabia?” – me preguntó un asistente al congreso de CADAM. “Yo,  como esa vieja milonga, añadió-,  soy como baldosa que se mueve, salpico si me ponés el pie encima…”. “Las emociones- le contesté– nos predisponen para un tipo de acción: en el caso de la rabia o el enojo, el organismo aumenta el flujo de sangre a las manos, aumenta el ritmo cardíaco y la adrenalina; la rabia nos permitió en otros tiempos empuñar un arma o golpear a un enemigo, y hoy en día defender tu territorio, tus ideas, a los tuyos… El problema no es sentir rabia, sino qué hacer con la rabia, y esto se puede aprender y entrenar…

¿Y la tristeza? –me interpeló otra persona desde la última fila-. ¿Cómo puedes decir que es necesario, adecuado, sentir tristeza?. Le contesté, siguiendo a Goleman,  que la función de la tristeza es asimilar y digerir una pérdida irreparable, y que por eso disminuye la energía del organismo y se enlentece el organismo, y que ese encierro introspectivo nos brinda la oportunidad de llorar una pérdida. Que no nos deprimimos por estar de duelo, sino que nos deprimimos por no hacer el duelo.

Le podría  haber respondido menos académicamente días después cuando, de vuelta a Vitoria, asistí al funeral por el  fallecimiento del padre de un amigo. En la parroquia donde se celebraba la ceremonia se daba la cruel paradoja de que al tiempo que  acompañábamos el dolor de nuestro amigo y de su familia, llegan el estruendo amortiguado de la música procedente de unas barracas cercanas.  Me acordé de mi padre fallecido y pude entender el desgarro por el que pasaba aquella familia. Pero también entendí que la tristeza nos devuelve humanos, nos coloca en nuestro sitio de seres grandiosos, desvalidos y desmemoriados que necesitamos del duelo para entender dónde está lo importante y cuán descuidado lo tenemos. Necesitamos de la tristeza, aunque el tránsito a través de ella sea en ocasiones muy doloroso, para poder pararnos en medio de tanto ruido, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras vidas.

Necesitamos de la tristeza para pensar porqué no hacemos esa llamada que vamos demorando. Necesitamos reconocernos tristes para poder volver a la alegría: el ajá está muy cerca del ja ja.

Fdo. Patxi Rocha del Cura

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