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Auditoría de pareja

  El Diccionario de la Real Academia Española define  auditar comoexaminar la gestión económica de una entidad a fin de comprobar si se ajusta a lo establecido por ley o costumbre”.  Hoy en día las auditorías no sólo se aplican a la gestión económica sino también a otros muchos ámbitos  como la auditoría ambiental, la social, la jurídica o la informática. En todas ellas la finalidad es analizar y apreciar, con vistas a las eventuales acciones correctivas, el control interno de las organizaciones para garantizar la integridad de su patrimonio, la veracidad de su información y el mantenimiento de la eficacia de sus sistemas de gestión.

En el mundo de las relaciones de pareja rara vez nos planteamos un parón para evaluar si las reglas, las formas de convivencia, las tareas y las emociones que compartimos nos están sirviendo para la eficiencia que queremos que tenga nuestra relación. Decimos que el día a día nos come, que no hay tiempo, que mientras nos llevemos bien… Y ya sabemos que la explicación y la justificación del tiempo es la gran excusa, en realidad, decidimos priorizar y hacer otras cosas en primer lugar, estamos más comprometidos en otros frentes que en este.

No es porque no sepamos. De hecho estamos acostumbrados a auditar aspectos de nuestra vida cotidiana. Ejemplos:  hacemos un control y revisión de nuestros gastos;  decidimos si está siendo rentable la inversión de nuestros ahorros; pedimos presupuestos y  valoramos  ofertas si decidimos hacer una reforma en casa; comparamos entre los colegios o universidades a los que  queremos  que  vayan  nuestros hijos para recibir una educación adecuada….  pero ay!, no dejamos espacio para reflexionar sobre los aspectos que marcan la calidad de nuestra relación.

Sabemos,  como se dice coloquialmente, que de cuando en cuando, “conviene hacer un parón”, pero elegimos comprometernos más con la vorágine diaria y no dejamos espacio  para parar máquinas y ver con perspectiva si estamos viviendo como lo queremos hacer. Y esto es especialmente significativo en el caso de nuestras parejas: la persona con la que hemos elegido compartir parte o toda una vida, con la que dormimos o hacemos el amor, el padre o madre de nuestros hijos, la persona que sabe casi todo de nosotros, es con esa con la que a menudo menos  nos paramos a valorar si ese espacio emocional y vital que poseemos está siendo satisfactorio, o qué podemos cambiar, mejorar o desechar de lo que vivimos, sentimos y hacemos.

Damos por buenas las reglas y costumbres que implícita o explícitamente nos dimos en su día,  y olvidamos que vivir en pareja también es aprender: aprender es “soltar lo prendido”, dejar atrás aquello que nos sirvió pero que quizá ahora sea un lastre y adquirir nuevos hábitos o maneras de relacionarnos. Exactamente lo que hace una empresa cuando valora la eficiencia y calidad de sus procedimientos para ser más competitiva en el mercado.

Y una auditoría de pareja supone eso: agendar un espacio semestral o anual en el cual podamos revisar “la eficacia de nuestra gestión como pareja. Lo ideal sería contar con un tercero, una figura externa (coach) que como un auditor o facilitador, nos ayudara a  valorar  de forma sistemática en todos los contextos donde se juega la relación de una pareja la validez de nuestros hábitos. Pero si nos inclinamos por la autogestión de esta auditoría, damos las pautas para poderlo realizar sin la intervención de esa figura. Ponemos un ejemplo tomando como ejemplo lo que sería un fin de semana dedicado a esta finalidad:

  1. CONTEXTO: de entrada esta auditoría puede suponer para las parejas con hijos la gestión de estos durante los dos días o el fin de semana que puede durar el uso de esta herramienta. Merece la pena manejar esta posibilidad con familiares, amigos o pagando a alguien para que lo haga. Se trata de buscar un lugar apartado (un hotel, apartamento, casa rural, hay mucha oferta en este sentido). No se contempla la idea de dos días llenos de actividades (excursiones, paseos, visita de monumentos) sino de concentrarnos en el trabajo de la auditoría en un entorno que ayude a que estas conversaciones se propicien. Móviles desconectados con espacios para encenderlos cada x horas, por la prevención de que algo ocurra y estar localizables. Quizá la mejor época del año, sea noviembre (con vistas al año siguiente) o julio (si nos regimos por el calendario de un curso escolar).

 

  1. TEMPORALIZACION:

De entrada cada parte hace su trabajo individual (se explica cuál en el punto 3) , por ejemplo la mañana del sábado. Después de comer, se coteja y conversa el trabajo con la otra parte. La mañana del domingo se dedica a negociar acciones correctoras de lo que creamos que debe ser mejorado, y a agendarlas por meses o trimestres.

  1. ESQUEMA DE TRABAJO

Partimos de analizar la situación actual, para valorar lo que está funcionando y corregir aquellos que a ambas partes nos parezca ineficiente. Aviso: no va a haber acuerdo pleno, pero ya el hecho de conversar dos días es en sí muy beneficioso para la relación (a veces para darnos cuenta definitivamente que no funciona, esto también es ayudar a la relación).

Sugerimos ideas sobre las áreas en las que reflexionar primero   individualmente y luego con la otra parte:

  1. Área de pareja: cómo estás viviendo la relación, en qué estado emocional estás respecto del otro, conversaciones o feedbacks pendientes, reclamaciones y disculpas productivas, qué hay y qué falta, sexualidad…
  2. Área de hijos: valorar el propio comportamiento y el del otro respecto de cada hijo, debilidades y fortalezas desde mi punto de vista sobre cada uno, planes y cambios en educación, hábitos y aficiones, valorar sus amistades, relación con otros padres…
  3. Área de familia: percepciones sobre mi comportamiento con la familia de mi pareja, percepciones sobre el comportamiento de mi pareja con mi familia, conversaciones pendientes al respecto, reconocimientos, posibles cambios en las relaciones de ambos con las respectivas familias…
  4. Área de trabajo: vivencia actual del propio trabajo y del trabajo del otro, dificultades que genera en la relación desde tu punto de vista, reconocimientos, ajustes de pareja en función de horarios, exigencias del trabajo, mejora de la conciliación…
  5. Área de aficiones: valorar las aficiones compartidas, valorar las propias y las del otro, proponer cambios o mejoras…
  6. Área de amistades-relaciones sociales: valorar el círculo de amistades propias, del otro y las comunes, lo que posibilitan y dificultan…
  7. Área de organización: evaluar la coordinación en relación con el mantenimiento de la casa, finanzas, tareas, compras, horarios, hijos, trámites y gestión del tiempo compartido…

A estas áreas se puede añadir las que se deseen: la idea es tener un esquema de reflexión ordenado para ver sobre cada área:

-la situación actual

-la situación ideal

-lo que tengo que dejar, aprender o cambiar

-las acciones posibles

-el seguimiento y valoración de estas

¿A qué esperas para auditar tu relación?

Reparación de enfados

Sabes de qué te hablo. Surgen en el día a día por causas nimias o importantes. Te alteran, te entristecen, piensas “uno más”, se acumulan en el archivo de conversaciones pendientes, o decides quitarles importancia. Sin embargo, lo que hace o dice tu pareja no es la causa de tu enfado. Es el estímulo. Tú sientes lo que sientes ante un enfado con tu pareja, y esos sentimientos son el resultado de cómo interpretas lo que hace o dice el otro. Puedes encontrar aliados y cómplices que compartan contigo esa interpretación, pero eso no convierte a tu pareja en la causa de tu enfado. Detengámonos aquí brevemente, y dejémonos guiar por Marshall Rosenberg antes de ver que labores de reparación podemos acometer con los enfados.

Ante un enfado solemos optar por tres opciones: la primera es una reacción culposa, según la cual interpreto que no he actuado acorde a mis valores, asumiendo que yo soy la causa del conflicto y aceptando los juicios o recriminaciones del otro: esto atenta contra nuestra autoestima y el coste es alto, ya que nos sume en la autoflagelación.

La segunda reacción es culpar al otro:  desde esta posición, culpable, por definición, es el otro, supone echar balones fuera, declararme inocente, acumular rabia y resentimiento, y dar el poder y la responsabilidad al otro sobre lo que siento. La culpa es un mecanismo de control muy utilizado en la educación (cuando la madre dice al niño “si no comes mamá se va a poner muy triste”), y también como medio de coerción (“ya sabes que no duermo si no me llamas”). Socialmente hablamos con mucha frecuencia de que si siento lo que siento es por lo que otros hacen, pero nosotros siguiendo el magisterio de Rosenberg sabemos que lo que los demás hacen nunca es la causa de lo que sentimos.

La tercera vía ante un enfado es centrarme en mí: observar que tiene que ver con mis emociones y necesidades lo que el otro expresa: aquí acepto con mi Responsabilidad 100%,  lo que a mí me pasa con lo que tú haces, en lugar de culpar al otro, y como complemento de esta actitud, indago, en el mismo plano, qué emociones y necesidades del otro salen a escena por mor de  la situación que nos causa el enfado.

  Los juicios, las interpretaciones, críticas y diagnósticos que hacemos sobre el otro tiene una doble cara: revelan quiénes somos, hablan de nosotros más que sobre quien emito ese juicio. Si digo a mi pareja “eres un maleducado”, no sabré mucho sobre la persona juzgada, pero sí sobre cuál es el estándar y el modelo de educación que quien emite el juicio maneja. Maleducado no es una propiedad intrínseca de mi pareja, sino que refleja la insatisfacción que siento sobre sus modales, porque otra persona con distintos parámetros sobre la educación, le podría considerar alguien con maneras exquisitas partiendo de los mismos comportamientos.

Yendo más allá: todo juicio es la expresión de necesidades insatisfechas. “Eres un maleducado”, refleja mi necesidad no cubierta de ser respetado o considerado. El enfado busca culpar a otro de lo que me pasa: nosotros nos enfocamos en pensar, qué necesidad no está siendo atendida o siento que está siendo vulnerada partir de la interpretación que hago de la conducta del otro: si me quedo en la recriminación, el otro percibe crítica en mis palabras y se va a defender o contraatacar.

El enfado es lícito: sí, estás en tu derecho de enfadarte, por supuesto. Te diré más: el enfado es un regalo: nos ayuda a tomar conciencia dentro de la relación de amor con mi pareja sobre qué necesidad siento que está siendo desatendida o permanece insatisfecha: Detrás del enfado late una necesidad. Si en vez de hablar desde los juicios o desde la exposición de defectos, expreso mis necesidades, es más probable que pueda satisfacerlas.

¿Y qué necesidades solemos sentir desatendidas en los enfados con nuestra pareja?

  • Aceptación
  • Agradecimiento
  • Confianza
  • Respeto
  • Amor
  • Seguridad
  • Comprensión
  • Apoyo
  • Contacto físico

Así pues, la llave para encauzar un enfado es ver al otro no como causa, sino como estímulo que destapa o que interpreto atenta contra una necesidad propia insatisfecha. ¿Y qué pasos podemos recorrer para reparar nuestros enfados?

  1. Detenerse: tomar aire, contar hasta diez, como se dice en la sabiduría popular
  2. Tomar conciencia de nuestros pensamientos: qué pienso sobre mí y sobre el otro en ese momento, qué juicios e interpretaciones estoy haciendo sobre la situación.
  3. Bajar un escalón más hasta reconocer la necesidad que siento siendo vulnerada, desatendida o insatisfecha. La pregunta para ti es ¿qué es lo que necesito y no estoy teniendo? Así pensarás no en términos de juicos sino de necesidades insatisfechas.

Recuerda que, entre otras, en la pareja, suelen ser la necesidad de respeto, de reconocimiento, de aceptación, de sentirse amado… Por ejemplo: tu pareja deja su ropa tirada en el suelo del baño. La reacción inicial sería la de enfadarte, gritar o amonestarle, “Mira cómo lo dejas todo. Eres un desastre…”. Como sabes muchas personas pueden coincidir en ese juicio sobre el orden pero eso no le convierte a tu pareja en la causa de tu enfado: lo que ocurre en realidad es que ese comportamiento es un estímulo que despierta o atenta contra la necesidad de ser respetada y de reconocida en  tu trabajo dentro del reparto de tareas en casa. Y eso te duele.  En sí misma la ropa en el suelo es intrascendental, no tiene otra consecuencia que el desorden. Si digo “cuando veo que dejas la ropa tirada en el suelo, siento que no respetas mi trabajo en casa y eso me enfada y me duele…. Me gustaría saber para qué lo haces”, dejo de culpar  y acusar al otro para centrarme en mis propias necesidades e indagar el para qué o el porqué del comportamiento del otro.  Alguien dirá, nadie habla así: ya lo sé, estamos acostumbrados a culpar, recriminar al otro, pero ya sabes qué resultado te da esta opción: peleas eternas. Recuerda de nuevo al viejo Einstein: “es de locos pretender obtener resultados distintos haciendo, más de lo mismo”.

Preferencias Cerebrales

Los actuales estudios sobre el cerebro nos pueden dar algunas pistas sobre nuestra personalidad, y sobre nuestra forma de actuar. Es lo que se denominan las Preferencias Cerebrales

Desde el punto de vista del proceso evolutivo, tenemos tres cerebros:

– Cerebro reptiliano: se llama así porque es el que tienen los reptiles y de hecho nosotros en su día fuimos reptiles. Tiene que ver con los instintos y con la supervivencia.

– Sobre ese cerebro, edificamos el cerebro límbico: es el cerebro más emocional, que tiene que ver con el sentir, con el desear, con las motivaciones.

– Sobre ése,  generamos el cerebro cortical,  el córtex, la parte más lógica, la que nos hace realmente seres humanos y seres racionales.

Tenemos tres capas cerebrales  y dos hemisferios: el hemisferio derecho y el hemisferio izquierdo. El izquierdo que es el verbal, el analítico, el simbólico, más el abstracto, el que se potencia en la educación. Y un hemisferio derecho, que es el no verbal, más sintético, más analógico, el que tiene que ver con el lenguaje no verbal y con la intuición.

 

Hay personas que tienen más desarrolladas algunas actividades del hemisferio izquierdo y otras más del hemisferio derecho. Las personas que sean más de hemisferio izquierdo, por poner unos ejemplos,  le gustará más la informática, los sudokus, las inversiones, la ingeniería, el coleccionismo… Y las personas con más predominancia del hemisferio derecho, le gustará más viajar, la creación literaria, la jardinería…

 

Aunando anatómicamente ambas “miradas” hablaríamos de las siguientes preferencias cerebrales

-Límbico izquierdo. El ejemplo es, por ejemplo, la persona que es bibliotecaria o almacenista o responsable de calidad. Es decir, personas que controlan sus emociones, que planifican, que ordenan, que no le gustan los cambios, que son bastante concienzudas, estables, rígidas con los horarios y con los detalles y, a veces, un poco autoritarias.

-Límbico derecho: son personas que le gusta estar con gente, las relaciones, la empatía… Son personas alegres que no le gustan mucho los conflictos, le gusta trabajar en equipo y les cuesta decir que no. Profesiones de este rango podrían ser los educadores o los religiosos, personas emotivas y comunicadoras.

Cortical izquierdo: son personas racionales, tienen profesiones como la de jurista  o contable, pues se mueven bien en esta preferencia. Comprenden fácilmente los conceptos teóricos y científicos,  reúnen hechos antes de decidir, lo que a veces hacer que parezcan distantes.

-Cortical derecho: personas que ven las cosas de forma global, que son originales, son independientes, que no cuidan tanto el detalle pero son muy artísticos o muy estéticos. Por ejemplo, los arquitectos o los emprendedores, personas a las que les gusta experimentar

Estas preferencias cerebrales tienen que ver con tu educación, con los valores, de lo que traemos heredado, de lo que adquirimos. Hay una parte que traemos “de serie” y una parte que adquirimos nuestra educación. Sin ser una mirada absoluta e infalible, detectar nuestra preferencia cerebral o la de otros,  nos da una pista más para mirarnos y mirar y comprender el comportamiento de otras personas de una forma sencilla, en este caso ligada al entendimiento de nuestro funcionamiento cerebral.

 

“Coaching para el amor”, por Patxi Rocha del Cura

Coaching…  Parece que actualmente todo el mundo habla de coaching, conoce o acude a un coach, se forma o se interesa por esta nueva… disciplina? moda?….  En el otro extremo,  muchas personas no saben exactamente a qué nos referimos con el término o cómo trabaja una persona que ejerce como coach.  ¿Y relacionarlo con el amor? ¿Qué tiene que ver una técnica de desarrollo personal con el sentimiento y la emoción que mueve y conmueve el mundo…?

Evidentemente no es el afán de este libro definir el amor. Ya lo dicen los  versos de Pessoa: “Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?”. Es una tarea ardua, sometida a la inabarcable perspectiva de  saber que ha sido y es  la fuerza que está en la esencia de las religiones,  de nuestra naturaleza y de nuestras relaciones, y que su presencia o ausencia ha alimentado con sus desvelos y su pasión a escritores, músicos, filósofos… ¿Qué no se ha hecho, qué no hemos hecho por amor?

El ligar ambos conceptos, Coaching y Amor,  tiene que ver con el objetivo fundamental de este libro: cómo algunas de las herramientas, técnicas o distinciones que habitualmente utilizamos en Coaching pueden servir a las relaciones de pareja o íntimas, al amor tal y como lo entendemos en este ámbito.

Mi motivación parte de mi propia biografía y de la observación de mi entorno: soy hijo de unos padres inscritos dentro de una generación donde las parejas duraban generalmente toda la vida. Si una pareja no funcionaba o no tenía una buena relación se apelaba al contigo en la salud y en la enfermedad, a la resignación fatalista,  o al ocultar en muchos casos verdaderos infiernos de convivencia que por extensión marcaban a los hijos de estas parejas (y mucho lectores saben de lo que les hablo). Si una pareja (matrimonio habitualmente) estaba en estas circunstancias,  seguía conviviendo contra viento y marea por el que dirán o instalados en la rutina de la costumbre, porque ese fracaso era inasumible y por la intemperie social, económica y legal  que seguía de esa ruptura.

En un efecto pendular, hoy vemos como un porcentaje muy alto de parejas se separan, a veces de manera fulminante, y es un avance legal y social que esta posibilidad se pueda ejercer con cierta liviandad. Sin embargo, al menos a mí,  la pregunta me asalta: ¿no será que nos faltan herramientas para solventar esos conflictos?; ¿no será que sin llegar al extremo de otras épocas tiramos enseguida la toalla con nuestras parejas?;  ¿ha cambiado nuestro estándar de compromiso?.

Y de eso versa este libro: todos tenemos una metafórica caja de herramientas con la que nos manejamos en las relaciones personales. Las hemos aprendido por ensayo-error, por estudios, por lecturas, fue la experiencia la que nos las ha validado, alguien nos la mostró. Están guardadas (a veces oxidadas) para cuando las necesitemos, aunque no deja de ser sorprendente que en caso ningún sistema educativo se nos enseñé o adiestre en aquello en lo que sin duda habremos de ejercitarnos todos los días de nuestra vida como son las relaciones personales e íntimas.

Ya está generalizada la creencia del mayor peso en nuestro mundo de la llamada inteligencia emocional sobre el cociente intelectual con el  cual nos tabulaban de niños. Hoy no nos resignamos a ser como somos, sino que creemos y sabemos que podemos cambiar, desarrollar nuevas habilidades, gestionar las emociones, y de ese afán nace el auge del Coaching y de la  innumerable literatura de autoayuda. Apostamos por desarrollar nuestro  potencial, desatascar relaciones o comunicarnos mejor con nuestra pareja. No somos algo inmutable, hemos pasamos del ser al siendo, no soy nada, sino estoy siendo esto u lo otro, y esa distinción nos da un enorme margen de mejora.

Este libro, con la humildad del ferretero que surte la caja de herramientas con la que reparamos las chapuzas domésticas, pretende quitar el óxido, afilar, limpiar herramientas y destrezas que ya posees, y mostrar el catálogo de otras que quizás desconoces o que si las conoces el hecho de leer este libro (como el de leer  los catálogos de bricolaje que buzonean en casa) despierte tu curiosidad por practicarlas y adquirirlas como nuevas herramientas.

El libro se estructura en 6 capítulos : un primero denominado las Coordenadas del Amor donde cartografiamos una relación desde tres distinciones básicas en Coaching como son las Conversaciones, la Respons-habilidad y la Transparencia con las que podemos situar nuestra relación en un hipotético mapa afectivo. Los siguientes capítulos, se centran en explicar conceptos y adecuar Herramientas prácticas de un coach a la autogestión cotidiana de una relación en sus diferentes y diversos estadios,  desde su arranque hasta su posible ruptura, de ahí los títulos: los Inicios, Herramientas de Mantenimiento, Herramientas de Reconstrucción, Herramientas de Salida.

Nunca me canso de citar la archiconocida frase de Einstein: “es de locos pretender obtener resultados diferentes, haciendo más de lo mismo”. Ni aquella de Shakaspeare: “Sabemos lo que somos, pero no sabemos lo que podríamos ser”.

    Ambas iluminan este viaje.

    A continuación, un pequeño extracto del libro:

HERRAMIENTAS DE MANTENIMIENTO

El Diccionario de la Real Academia define el verbo “mantener” en una sus acepciones como “Conservar algo en su ser, darle vigor y permanencia”. En el mundo de la empresa existen los departamentos de mantenimiento, las instituciones públicas dedican parte de nuestros impuestos a recursos humanos y materiales para conservar el patrimonio histórico, o para mantener limpias ciudades y carreteras, pero sobre todo es en la esfera de la vida privada donde esta inquietud  se manifiesta  de forma más considerable.

El ser humano es un animal que tiene  miedo al futuro, y eso hace que aquello que nos da seguridad lo intentemos mantener para poder afrontar ese espacio desconocido con más garantías. Cuidamos de nuestra salud, que es el eslabón a partir del cual se engarzan el resto de planos de nuestra existencia: hemos desarrollado el sentido de la prevención y vamos al médico para nuestro chequeo anual, o al dentista para una limpieza bucal. Mantenemos en buen estado  nuestra casa: la limpiamos, arreglamos lo que se estropea, purgamos los radiadores, desatascamos un desagüe.  Cuidamos de nuestros ahorros e intentamos invertirlos para que nos den una rentabilidad de cara a posibles inversiones  o para épocas de vacas flacas. Velamos por las amistades: con mayor o menor regularidad nos reunimos con amigos para comer, ir de vacaciones, charlar, compartir confidencias. Dedicamos tiempo al estudio o a la formación profesional como una inversión de satisfacción personal o para acceder a un trabajo mejor. Cuidamos también del jardín, del coche, de nuestra forma física, de nuestra mascota….  Es decir, las personas realizamos labores de mantenimiento en un buen número de áreas de interés de nuestra vida.

Sin embargo en el ámbito del amor o de la relación con nuestra pareja estas labores de mantenimiento están a menudo más descuidadas. Es frecuente que…

 > El libro completo disponible en Amazon:http://goo.gl/TmW4UP

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ELOGIO DEL HÁBITO

No puedo sentir sino cierto rechazo cada vez que escucho, tras la pregunta de qué tal tus vacaciones, la manida respuesta de: “Buff, ya olvidadas….”.  Como si la vuelta a la realidad de las rutinas borrara los felices días pasados, y el manto de esa creencia  extendida sobre la tortura de la vuelta,  fuera una condena.

En realidad si no fuera por los hábitos estaríamos muertos: si cada cosa que hiciéramos cada día desde que nos levantamos, la experimentáramos como si la realizáramos por vez primera, sería un esfuerzo improbo ducharnos y vestirnos, hacer un café en la nexpresso, o sacar el coche del garaje. Hay una economía en el hábito que nos permite actuar con la velocidad requerida por las circunstancias. En ese sentido, la inflexibilidad del hábito es crucial para operar en la estabilidad de la vida cotidiana.

Sin embargo esa economía del hábito está reñida con una necesidad,  no sé hasta qué punto real o inducida, de la excitación, de ir de sorpresa en sorpresa o como se dice coloquialmente, de subidón en subidón, plegados a una búsqueda de intensidad que está peleada con la tendencia de nuestro organismo hacia la homeostais y el equilibrio, y que comporta los efectos nocivos de una continua activación del organismo (incluso en el placer) como bien entenderán los trabajadores de Urgencias que atienden a infartados en las temblorosas horas nocturnas.

Aviso a lectores malvados: lo dicho no  está reñido con la búsqueda de placeres, paisajes, viajes y nuevas experiencias, a las que animo y por supuesto suscribo. La maldición que sentimos es la de no estar en un continuo viaje por los rincones ignotos de este mundo infinito, cuando en realidad las vacaciones, el viaje tienen sentido porque volvemos, porque hay un lugar, unas personas, unas rutinas que nos están esperando. Si no volviéramos no permaneceríamos en nada, no tendríamos sino la identidad del turista accidental que tan sólo es una huella efímera en su paso por hoteles, museos, restaurantes…. Desde luego está la opción de ser un viajero eterno e infatigable, pero a la larga buscamos un lugar en el mundo en el que permanecer, una tierra,  una casa  a la que volver, un regreso a los hábitos que nos dan consistencia.

Y la vuelta del verano siempre es tiempo de nuevas aspiraciones y objetivos, como bien saben las empresas editoriales, los gimnasios y las academias de idiomas. Yo encuentro placer en el hábito y más en los nuevos hábitos: 21 días, cinco semanas, las opiniones no coinciden en la consideración de cuándo un hábito se instala en nuestro repertorio de conductas para no irse, pero el reto de lograrlo, el esfuerzo de que ese nueva costumbre que elijo y me beneficia viva conmigo por un largo tiempo, lo vivo con paradójico placer. Y como dijo San Agustín: “El hábito, si no se resiste, al poco tiempo se vuelve una necesidad”.

LA MEJOR VERSIÓN DE TI MISMO

   Me lo enseñó un antiguo compañero con el que hacía Selección de Personal: “cuando tengo a un candidato delante para entrevistar, no lo veo como una entrevista más… Pienso en todo el camino que ha hecho desde que le llamé a su casa para citarle hasta que se sienta delante de mí … Imagino cómo se lo contó a sus padres, a su pareja, a sus amigos… ¡tengo una entrevista de trabajo!… Lo imagino eligiendo y planchando la ropa que se pondrá, entrando en internet para saber más sobre la empresa de la que podría formar parte, durmiendo quizá mal el día antes, ilusionado porque ese trabajo le puede cambiar la vida… Cogiendo un metro o un bus para venir hasta aquí, tomando un café antes de preguntar por mí en recepción…. Esa persona –continuaba mi amigo- merece todo mi respeto y dedicación… Aunque yo sepa que no lo voy a seleccionar, merece que le trate en esos minutos que estaré con ella, como la persona más importante del mundo en ese momento…”

Y no lo olvido…. Cada vez que imparto una sesión de formación o hago una sesión de coaching, me acuerdo y me digo: voy a ser la mejor versión de mí mismo para quien está enfrente, voy a hacerlo lo mejor que sé, porque esa persona espera de mí que cumpla el compromiso que tengo de ser un buen formador o un coach que le enseñe o le ayude a desentrañar esa parte de su vida que no funciona como él querría.

   Eso no quita que pueda tener malos días, que pueda estar enfadado, irritado, triste o desganado pero, aunque en ocasiones tenga la opción incluso de compartirlo con mi cliente, o avisar desde qué emoción estoy trabajando, no es óbice para decirme: esta /s persona /s esperan que cumpla mi compromiso y yo lo voy a hacer.

   Todos tenemos la opción de hacerlo: en aquello que hagas, tienes la opción de ser la mejor versión de ti para el otro. Sirviendo un café, atendiendo por teléfono, arreglando una avería si eres de uno de esos gremios que nos hacen la vida más fácil, atendiendo en una ventanilla…. en cualquier lugar donde estés o vivas….

   Muchas veces no es fácil…. Estás agobiado por problemas, graves en ocasiones, tienes mal día o la persona o personas que son tus interlocutores crees que no lo merecen o no lo apreciaran… Es cierto, esto ocurre. Puedes verter tu tristeza en forma de rabia o malos modos hacia esas personas. Puedes ponerte a la altura de aquellos que estimas no merecen o no apreciaran tu mejor versión…. De hecho es una elección bastante común trasladar mi propia insatisfacción a alguien que ni la conoce ni tiene nada que ver con ella. Es también moneda de uso corriente decirme, cómo ser amable, solícito y comprometido con quien no lo es.

   Te digo lo que a mí me sirve. Lo hago por mí, porque considero importante alinear mis valores con mis actos, al margen de lo que el otro haga. Un ejemplo. Frecuentemente transito una autopista de peaje. Cuando llego a una de las cabinas de pago, digo buenos días, me da un recibo por favor?, mientras le doy el ticket de autopista y el dinero. Me da las vueltas y digo, gracias, hasta luego. Muchas veces no obtengo ninguna respuesta, ni siquiera me mira a los ojos. Sí, ya sé que pasan miles de coches al día, que es un trabajo tedioso, que pasan frío en invierno…. Ahí me quedan dos opciones: hacer lo mismo que mi enmudecido interlocutor, o seguir saludando y pidiendo por favor un justificante, dando las gracias y despidiéndome. Opto por esta segunda.

   Siempre digo que un camarero te cambia la vida, y no por los espirituosos o las delicias culinarias que te pueda servir, sino porque aunque no te arregle tus problemas, te puede cambiar el humor. Ya no podemos tener a mamá para que nos ponga sin demora un café con leche o un plato de lentejas, y el camarero con su amabilidad, su ironía o su silencio nos reconcilia de un mal día. El ejemplo del camarero vale para cualquier actividad, ya que cada uno de nosotros es un agente de cambio: tus emociones se contagian, y como cuando sale el sol o cuando llueve el clima propicia qué hagamos unas cosas y no otras, la versión de ti que muestres (y entrenes) hará que a tu lado pasen unas cosas y no otras.

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¿QUÉ ES Y PARA QUÉ SIRVE LA SINERGOLOGÍA?

La Sinergología es la disciplina dentro del campo de la comunicación, que analiza, interpreta y codifica el Lenguaje no verbal no consciente. Creada por Philippe Turchet en los años 80, la etimología del término, Sun, estar juntos, Ergo, activamente, Logos, en comunicación, nos ilustra sobre su propósito y rango de intervención: una herramienta validada con métodos científicos orientada a mejorar la calidad de la comunicación y a relaciones más transparentes.

Ya Merhabian demostró, en su famosa proposición, el peso del lenguaje no verbal en la comunicación: el 7 % del impacto de un mensaje se debe al lenguaje verbal, a las palabras, el 38% al paralenguaje (entonación, volumen, dicción) y el 55% a la comunicación no verbal. Y aunque esta proposición tenga sus excepciones, es un hito más dentro de la tradición de investigaciones en este campo (junto a otros autores como Desmond Morris, Edward Hall, Ray Birdhwhistell, Gregory Bateson o Paul Ekman), que pone en el centro del acto comunicativo el hecho de no somos lo que mostramos, que nuestro cuerpo comunica mucho más de lo que pensamos, y que la parte más importante de nuestra comunicación es no consciente.

   La Sinergología aporta una doble sistematicidad a esta observación y análisis de lo no verbal. Por un lado porque todos los gestos, actitudes corporales, reacciones o micropicores (por apuntar algunos de sus rangos de observación) están validados estadísticamente y tabulados en un sistema de etiquetado universal (con alrededor de 2800 entradas), que al modo de las tablas periódicas de la química, permite sistematizar la comunicación entre sinergólogos y dota de objetividad a la observación. En segundo lugar, porque establece un protocolo de observación desde tres miradas: la Statua, que es una observación general sobre la corporalidad de la persona, y que nos da información sobre su biografía corporal; La Actitud Interior, donde observamos ítems que dan cuenta del estado emocional y de los ánimos expresados; y los Micromovimientos, la mirada de detalle, donde observamos, las emociones no expresadas, la parte más pulsional de la comunicación.Y aunque un sinergólogo es capaz de observar hasta 20 ítems a la vez, sólo podemos determinar en qué actitud está una persona observada, cuando al menos 8 ítems apuntan en un mismo sentido sinergológico.

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Con este enfoque podemos determinar actitudes de apertura o de cierre, ya que determinan aperturas o cierres psicológicos de nuestros interlocutores, o bien incongruencias entre lo dicho a través de las palabras y de los gestos. Todo ello nos permite comprender porqué el otro se abre a nuestro discurso o propuesta, o nos rechaza (aunque no lo diga).

¿A quién pueda interesar tener conocimientos de Sinergología? En el plano profesional, a vendedores o comerciales que quieran conocer el desarrollo de sus gestiones y valorar el interés, las dudas u objeciones de sus potenciales clientes. A negociadores, que necesiten aparte de las tácticas clásicas del método Harvard, tener un rango de observación sobre el estado anímico y motivacional de la otra parte en la negociación. A seleccionadores de personal, que deseen observar con sistematicidad las incongruencias u ocultamientos de información de los candidatos que maneje en sus procesos. Y por supuesto, a coaches, terapeutas y trabajadores sociales que necesiten empatizar y resonar con sus clientes en sus procesos de desarrollo o acompañamiento.

En el plano personal, a cualquier persona como tú, o como yo, que desea relaciones más transparentes, y conversaciones más eficaces. Casi nada…

fdo Patxi Rocha del Cura

Twitter: @innrocha

Facebook: Inn Rocha

http://www.innrocha.com

 

Receta 1. AUDITORÍA EMOCIONAL

El Diccionario de la Real Academia Española define  auditar como “examinar la gestión económica de una entidad a fin de comprobar si se ajusta a lo establecido por ley o costumbre”. Hoy en día las auditorías no sólo se aplican a la gestión económica sino también a otros muchos ámbitos  como la auditoría ambiental, la social, la jurídica o la informática. En todas ellas la finalidad es analizar y apreciar, con vistas a las eventuales acciones correctivas, el control interno de las organizaciones para garantizar la integridad de su patrimonio, la veracidad de su información y el mantenimiento de la eficacia de sus sistemas de gestión.

En la vida cotidiana rara vez nos planteamos un parón para evaluar si la forma en que estamos viviendo y relacionándonos nos satisface. Decimos que el día a día nos come, que no hay tiempo, o apelando al refrán virgencita, virgencita…“. Y ya sabemos que la justificación del tiempo es la gran excusa, en realidad, decidimos priorizar y hacer otras cosas en primer lugar; estamos más comprometidos en otros frentes que en éste.

No es porque no sepamos. De hecho estamos acostumbrados a auditar aspectos de nuestra vida cotidiana. Ejemplos: hacemos un control y revisión de nuestros gastos;  decidimos si está siendo rentable la inversión de nuestros ahorros; pedimos presupuestos y  valoramos ofertas si decidimos hacer una reforma en casa… pero ¡ay!, no dejamos espacio para reflexionar sobre los aspectos que marcan la calidad de nuestra vida.

Sabemos, como se dice coloquialmente, que de cuando en cuando, conviene hacer un parón”, pero elegimos comprometernos más con la vorágine diaria y no dejamos espacio para parar máquinas y ver con perspectiva si estamos viviendo como lo queremos hacer. Nos olvidamos de lo que es aprender: aprender es soltar lo prendido, dejar atrás aquello que nos sirvió, pero que quizá ahora sea un lastre para adquirir nuevos hábitos o maneras de relacionarnos y vivir. Exactamente lo que hace una empresa cuando valora la eficiencia y calidad de sus procedimientos para ser más competitiva en el mercado.

Y una auditoría emocional supone eso: agendar un espacio semestral o anual en el cual podamos revisar el bien-estar de nuestra vida”. Ponemos un ejemplo tomando como referencia lo que sería un fin de semana dedicado a esta finalidad:

1.     CONTEXTO: de entrada esta auditoría puede suponer para las personas con responsabilidades familiares la gestión de esos días o el fin de semana que puede durar el uso de esta receta. Merece la pena manejar esta posibilidad con la otra parte de la pareja, familiares, amigos o pagando a alguien para que lo haga. Se trata de buscar un lugar apartado (un hotel, apartamento o casa rural, hay mucha oferta en este sentido). No se contempla la idea de dos días llenos de actividades (excursiones, paseos, visita de monumentos) sino de concentrarnos en el trabajo  de la auditoría emocional en un entorno que ayude al propósito que buscamos. Móviles desconectados con espacios para encenderlos cada x horas, por la prevención de que algo ocurra y estar localizables. Quizá la mejor época del año sea noviembre (con vistas al año siguiente) o julio (si nos regimos por el calendario de un curso escolar).

2.      ESQUEMA DE TRABAJO

Partimos de analizar la situación actual para valorar lo que está funcionando y corregir aquello que te parezca ineficiente. Aviso: no van a estar en tu mano todas las soluciones, pero el hecho de dedicar dos días a esta activa reflexión es en sí muy beneficioso para ti y para los tuyos.

Sugerimos ideas sobre las áreas en las que reflexionar:

  1. Área de pareja: cómo estás viviendo la relación, en qué estado emocional estás respecto del otro, conversaciones o feedbacks pendientes, qué hay y qué falta, sexualidad…
  2. Área de hijos: valorar el propio comportamiento respecto de cada hijo, debilidades y fortalezas desde mi punto de vista sobre cada uno, planes y cambios en educación, hábitos y aficiones, valorar sus amistades, relación con otros padres…
  3. Área de familia: percepciones sobre mi comportamiento con la familia de mi pareja, percepciones sobre el comportamiento de mi pareja con mi familia, conversaciones pendientes al respecto, reconocimientos, posibles cambios en las relaciones de ambos con las respetivas familias…
  4. Área de trabajo: vivencia actual del propio trabajo y del trabajo del otro, dificultades que genera en la relación desde tu punto de vista, reconocimientos, ajustes de pareja en función de horarios, exigencias del trabajo…
  5. Área de aficiones: valorar las aficiones propias y compartidas, proponer cambios o mejoras…
  6. Área de amistades-relaciones sociales: valorar el círculo de amistades propias,  lo que posibilitan y dificultan…

Dos días de lejanía te darán una perspectiva de dónde estás y dónde quieres llegar. Como decía la canción: Tan lejos de todo y tan cerca de mí”.

Fdo. Patxi Rocha del Cura

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DE RECETAS Y BUENAS PERSONAS

Me encantan las recetas. Eso quiere decir que tengo muchos momentos de disfrute, porque hoy en día las encuentro en todas partes: en las revistas del mal llamado quore, en los suplementos dominicales de los periódicos, las escucho en los magazines de radio, no hay canal de televisión que no tenga su cocinillas pergeñando algún guiso de dudosa resolución, y las librerías tienen su propia sección donde comprar libros de recetas de todo el mundo.

Durante mucho tiempo las he coleccionado gracias a las extenuantes colecciones de los periódicos o recortado a tijera de aquí y allí (incluso he guillotinado alguna de extranjis en la consulta del dentista o de mi peluquero). La verdad es que cocino muy de vez en cuando pero, cuando lo hago, disfruto mucho viendo cómo liga una salsa o cambia la textura de una cebolla caramelizada. En realidad me parece la magia más asequible. La mayoría de las veces se las llevo a mi madre, y ella, solícita, cocina una de las recetas para mí: en realidad se las llevo porque ella reinterpreta las recetas, cambia tiempos, ingredientes, proporciones, donde dice ocho cabezas de ajo ella dice qué barbaridad, y siempre rebaja las cantidades de azúcar y licores. Pero me encanta su versión de las recetas de los grandes popes. Hasta aquí mi declaración de amor por las recetas y la cocina, sobre todo la de Herminia, que es mi madre.

Pero no del todo, porque en mi trabajo los clientes también me piden recetas: aunque en la sesión inicial de encuadre que utilizo para abrir cualquier proceso de coaching o de trabajo personal insisto en que yo soy un acompañante, un catalizador, un incordiador cordial para que cada persona genere respuestas a sus quebrantos o retos, no hay una sola que no me solicite en un momento de nuestra relación profesional una receta para “lo suyo”.

Me resisto. Le recuerdo el compromiso inicial de que estaré a su servicio, que le acompañaré para que cambie el observador que es de su realidad y encuentre otro que le posibilite nuevas acciones, ya sabes no vemos las cosas como son sino como somos” que dijo el Talmud y bla, bla, bla….

Pero es igual. Cuando no somos capaces de cambiar pedimos que otro nos cambie, que nos ponga la inyección de SU solución a NUESTRO problema, sin saber, les digo muy serio, que si lo hago tendré un adicto (y no un cliente) o una víctima (si mi solución no les funciona, me culparán a mí).

Ante tanta insistencia, decidí cambiar yo también esa creencia de que las recetas no valen para las personas, y al igual que mi madre reinterpreta la tortilla de patata deconstruida haciendo una suerte de tarta por capas de patata, pimiento, cebolla y huevo, que te levanta la boina, entiendo que las recetas para los problemas o retos personales, siendo bien reinterpretadas, asumidas, introyectadas, podían ser un buen recurso para que el que no quiere pagar a tanto coach y terapeuta  como anda suelto, o simplemente para el que quiera mejorarse en soledad.

Porque al igual que las personas se compran libros de recetas para divertirse, sorprender a amigos y amantes, llenar la estantería o mejorar como cocineros, en Vengodedondevoy intentaremos en ocasiones hacer lo mismo, pero orientado a algo tan malsonante como ser buena persona.

Y digo malsonante. Porque hay una corriente industrial, emocional, cultural y social de lo malo. Hasta la moda. Sí, lo bueno y lo malo, qué discurso más rancio. El caso es que a mí no me aburren los buenos (como dicen todos los actores y actrices empeñados en rebozarse de dureza y sombra, qué pereza; es más, me encanta el cine de Frank Capra).

Es más, los echo de menos. Echo de menos lo que mi difunto padre, Salvador, y mi madre Herminia, me dijeron sobre cómo era esto de ser un buen tipo. Así pues, hablaré de vez  cuando en esta nueva sección de Vengodedondevoy llamada “Recetas Emocionales” de lo que para mí es ser buena persona, y que intento practicar con desiguales resultados.

De eso irán estas Recetas Emocionales. De recetas y buenas personas. Primero figurarán unos ingredientes, el tiempo de ejecución, los pasos para cocinar la receta, y una pizca de humor. Sencillo.

Las recetas serán complementarias a cualquier proceso terapéutico o de desarrollo personal en los que el lector esté implicado. Y aunque no seas cliente de la industria del espíritu, te vendrá bien para mejorarte y ganar en coherencia personal, algo tan escaso hoy en día.

¡A la cocina!

Fdo. Patxi Rocha del Cura

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SIENTO, LUEGO EXISTO

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en el 45 congreso de CADAM (Cámara Argentina de Distribuidores y Autoservicios Mayoristas), en la ciudad de Pilar, cerca de Buenos Aires. El motivo principal del evento era “La gestión de las emociones”. En mi intervención recordaba que en todas las librerías del mundo existe hoy en día una sección rotulada como Autoayuda: en ella, cientos de libros, con más o menos fortuna, nos sugieren cómo relacionarnos en el trabajo, cómo comunicarnos mejor, cómo solucionar conflictos, cómo gestionar el estrés…. Todos ellos comparten un mínimo común denominador: el manejo solvente de nuestras emociones.

Las emociones han adquirido un nuevo papel cultural: parafraseando a José Luis Zaccagnini, ya no pensamos como en la Grecia clásica que “las pasiones” como el amor o el odio son puestas en nuestra alma por los dioses del Olimpo, tal y como  decía Homero en “La Ilíada” al preguntarse qué dios había puesto la cólera en el alma de Aquiles. Tampoco creemos ya como en la tradición judeo-cristiana que las emociones, aun viniendo de nuestro  interior, tengan un sentido pecaminoso, y hayan de ser reprimidas para evitar sus efectos negativos. Ni siquiera nos adscribimos al modelo cartesiano de la Ilustración  que organizaba la vida social desde la razón, y en el que las emociones eran el polo opuesto, algo a evitar, lo “irracional”.

Hoy ya no pensamos como Descartes, “pienso, luego existo” sino más bien, “siento, luego existo”: y es que creemos que las emociones adecuadamente interpretadas y gestionadas,  pueden ser una guía efectiva para orientar nuestras decisiones y nuestro comportamiento. Todas las emociones son necesarias: no comparto esa distinción entre emociones buenas y emociones malas. “¿Y la rabia?” – me preguntó un asistente al congreso de CADAM. “Yo,  como esa vieja milonga, añadió-,  soy como baldosa que se mueve, salpico si me ponés el pie encima…”. “Las emociones- le contesté– nos predisponen para un tipo de acción: en el caso de la rabia o el enojo, el organismo aumenta el flujo de sangre a las manos, aumenta el ritmo cardíaco y la adrenalina; la rabia nos permitió en otros tiempos empuñar un arma o golpear a un enemigo, y hoy en día defender tu territorio, tus ideas, a los tuyos… El problema no es sentir rabia, sino qué hacer con la rabia, y esto se puede aprender y entrenar…

¿Y la tristeza? –me interpeló otra persona desde la última fila-. ¿Cómo puedes decir que es necesario, adecuado, sentir tristeza?. Le contesté, siguiendo a Goleman,  que la función de la tristeza es asimilar y digerir una pérdida irreparable, y que por eso disminuye la energía del organismo y se enlentece el organismo, y que ese encierro introspectivo nos brinda la oportunidad de llorar una pérdida. Que no nos deprimimos por estar de duelo, sino que nos deprimimos por no hacer el duelo.

Le podría  haber respondido menos académicamente días después cuando, de vuelta a Vitoria, asistí al funeral por el  fallecimiento del padre de un amigo. En la parroquia donde se celebraba la ceremonia se daba la cruel paradoja de que al tiempo que  acompañábamos el dolor de nuestro amigo y de su familia, llegan el estruendo amortiguado de la música procedente de unas barracas cercanas.  Me acordé de mi padre fallecido y pude entender el desgarro por el que pasaba aquella familia. Pero también entendí que la tristeza nos devuelve humanos, nos coloca en nuestro sitio de seres grandiosos, desvalidos y desmemoriados que necesitamos del duelo para entender dónde está lo importante y cuán descuidado lo tenemos. Necesitamos de la tristeza, aunque el tránsito a través de ella sea en ocasiones muy doloroso, para poder pararnos en medio de tanto ruido, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras vidas.

Necesitamos de la tristeza para pensar porqué no hacemos esa llamada que vamos demorando. Necesitamos reconocernos tristes para poder volver a la alegría: el ajá está muy cerca del ja ja.

Fdo. Patxi Rocha del Cura

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